La ética como urgencia

La ética como urgencia

A continuación transcribimos un fragmento del libro “Ética de la urgencia” del filósofo español Fernando Savater en el que nos recuerda la diferencia entre lo contingente y lo necesario, lo superficial y lo profundo, lo cosmético y lo ético:  Cuando ves que cambian muchas cosas accidentales, aprendes a distinguir las que son esenciales y sí permanecen: el respeto, la cortesía, la idea de que los seres humanos nos podemos alegrar la vida los unos a los otros. Si ahora entrase por la puerta un contemporáneo de Arquíloco o de Safo, o de cualquier otro poeta griego del siglo III o IV a.C., el mundo en que vivimos le parecería un sueño o una pesadilla, algo irreal, en cualquier caso. Nuestros aparatos, nuestros instrumentos, nuestros coches, nuestros aviones, nuestros celulares, nuestras pantallas, el fluido eléctrico… todo sería nuevo para él, le sobrepasaría. Sin embargo, en cuanto nos diera por empezar a conversar, nos daríamos cuenta de que la idea de los celos, la idea del amor, de la ambición, del miedo a la muerte le serían perfectamente familiares, no habría que ponerle en antecedentes.

La propia Safo, que vivió en Lesbos hace más de dos mil años, en un mundo radicalmente distinto al nuestro, dejó escrito un poema breve que dice: «Una nube que pasa por delante de la luna, y en este momento yo estoy sola en la cama». Un poema que nos habla de la soledad del momento como si hubiese estado escrito por un contemporáneo. Las costumbres, la sociedad y la moral han cambiado muchísimo, pero la soledad, la nostalgia, la compañía del amado… son sentimientos que conocemos perfectamente.

Cambia la epidermis del mundo, pero debajo hay un núcleo que sigue vivo. La estética se ocupa de lo que pasa en la superficie, de las modas, los géneros artísticos… Todo eso está muy bien, pero pasados unos años lo que estuvo vigente ya no nos sirve: aunque las obras de Rembrandt sean admirables, es un sinsentido empeñarse en seguir pintando como lo hacía él. La estética es un archivo, un catálogo, y la gracia es conocerlo en profundidad para poder hacer cosas nuevas a partir de lo que lograron los artistas del pasado. Y allí donde la estética trata de la modificación y nos habla de las cosas que nos van pasando y se suceden, la ética se ocupa de las cosas que duran, que no se van del todo, que permanecen, de aquello que siglo tras siglo sigue siendo importante para los seres humanos.

Si hoy todavía leemos con provecho la Ética a Nicómaco, que lleva por el mundo más de veinte siglos, es porque sigue tratando cuestiones que todavía nos son útiles. Si ese libro sigue interpelándonos es porque el fundamento y el sentido de la pregunta ética no han variado. Si me preguntasen cuál es ese fundamento y ese sentido diría que radica en la obligación de atender a los deberes que los seres humanos tenemos hacia el resto de los seres humanos.

Al ejercitarse, la ética renueva el impulso de considerar al otro como un fin y no como un instrumento de nuestros apetitos. Aunque todo lo exterior cambie, aunque se alteren profundamente los hábitos, aunque la técnica altere nuestra percepción del espacio o nos  raiga hasta nuestra casa caudales de información, aunque la sociedad se transforme, para mejorar o empeorar, hasta volverse irreconocible, mientras seamos humanos no podremos dejar de preguntarnos cómo debemos relacionarnos con los otros, porque somos humanos gracias a que otros humanos nos dan humanidad y
nosotros se la devolvemos a ellos.