Educar para la vida.

Educar para la vida.

Por Alejandro Santos Repetto.

Más que ofrecer datos, información, ideas, la tarea del educador consiste en sacar a la luz lo que el estudiante intuya vagamente con su pensamiento. Un guía prudente y reflexivo en lugar de un erudito ratón de biblioteca.

Para ello debe considerar dos aspectos fundamentales.

Primero: evitar dar una respuesta que cubra cada una de las expectativas de aprendizaje del estudiante. Algo parecido a un recetario o libro mágico de la materia. Por el contrario, debe enfrentarlo a la dificultad. Literalmente entregarlo al vértigo de conocer.

Me pregunto: ¿Cuál será la composición del universo? Lo deslumbrante es que la respuesta no es tan compleja como la hubiese imaginado en un inicio. Investigo y descubro que somos 88% hidrógeno, 11% helio mientras el 1% restante corresponde a los otros 110 elementos de la tabla periódica.

La amable sencillez de las cosas. Un escenario cuasihidrogenado para sorpresa de astrónomos, físicos, biólogos, incluso teólogos, poetas y, sobre todo, estudiantes que admiran una y otra vez esa inquietante noche estrellada.

Segundo: fomentar en los estudiantes la confianza de que a pesar del vértigo y la dificultad van a obtener los mejores resultados. La confianza y motivación generada por el educador es un factor decisivo de éxito en la vida.

Tomar en cuenta los puntos de vista de los estudiantes, elevar su autoestima, reconocer con generosidad sus aciertos, considerar sus errores como oportunidades, incluir otros caminos para plantear problemas y resolverlos… imaginar mundos posibles.

Educar para la vida no es fácil pues nos exige combinar inteligentemente el rigor, la disciplina, el método con el humanismo, la democracia y la libertad. Actuar con sentido crítico respecto a la distancia que separa lo que decimos y lo que hacemos, aquí y ahora.